domingo, 20 de marzo de 2011

El gemelo

No es otro, sino una parte amputada. La única que no desea ninguna de las vidas que se insinúan con cada ahora. Pero no por ello ignora el dolor que provoca la renuncia de todas ellas, ni el que cada una hace a los demás. Es la parte que, precisamente por estar fuera de ellas, vigila las disyuntivas. Es por eso que siempre las tiene presentes.
Sabe que es posible conseguir lo que se quiere, es decir, sabe la frase correcta y el momento oportuno. También que las cosas vuelven, que acaban volviendo. Y desprecia todo lo que sabe. Por eso no tiene prisa, y por eso es sincero.
Nadie podrá regresar para reprocharle ni un paso de su ascensión, excepto la ascensión misma, cruda, seria, minuciosa.

domingo, 6 de marzo de 2011

La Quinta de los Molinos

Ya que estamos en marzo hablemos, por ejemplo, de los almendros. Estos arbolitos se pasan todo el invierno sintiendo en silencio. Para ellos el mayor placer es la ardiente sensación del más puro frío atravesando sus cuerpos. Las ramitas se retuercen sobre sí mismas en estremecimientos de íntimo goce. Sienten con una intensidad tal que solo pueden reaccionar, salir de su aturdimiento, cuando el invierno acaba. Es entonces el momento en el que la inmensa gratitud por todo ese frío recibido sin haberlo buscado, sin haberlo necesitado, no puede ser ya contenida por sus crujientes cuerpos y sale al exterior en forma de luz y perfume. Y florecen. Contra el odioso calor que anuncia la primavera.

martes, 1 de marzo de 2011

Contracrónica


Si me pidiesen que lo relatara, resumiría lo sucedido diciendo que, hacia el final, vi al dragón estrechando la mano del ángel. Pero nadie lo entendería, porque no me interesa dar datos fundamentales, como la masa gravitatoria del ser sagrado o el raquitismo del monstruo. Es decir, nadie lo entendería y punto. Y luego vendría —como el siamés oscuro de siempre, como un tedioso tic del mundo— el turno inevitable del reproche: «¿por qué no quieres que te entendamos?». Es que no hay nada que explicar. Es que no tengo opinión. Es que no sé lo que he visto.
No obstante, la pregunta es sencilla: ¿acaso existe el mérito? O, dicho de otra forma: si sabes cuántos meses tiene un año, cojonudo. Y todavía mejor si sabes cuál es su orden exacto dentro de cualquier calendario.
Por otro lado, había destellos realmente hermosos, pero ¿a quién le importan? Ni siquiera los pienso enumerar. Sólo me interesa sentirme mal por nimiedades. Cosas tan irrelevantes como la maldita necesidad de contar todo lo que sabes, no decir lo que piensas, la admiración que un hombre despierta al repetir hasta cuatro veces lo que no había pensado más que una antes de llegar: que lo reversible no cabe en una pantalla de ordenador —¡pero sí cabe!—; o el rechazo que una mujer despierta al limitarse a mostrar el prodigioso edificio que construyó a lo largo de la semana, con rigor, sobre una ligera ráfaga de aire; o, sobre todo, el hecho de no tener claro cuando hablo en público cuántos meses van de marzo a mayo.
Y de la novela no sé nada. No la he leído.
Escrito a propósito de la presentación de Hilo de plata, de Ángel García Galiano en la Casa del Libro de Madrid.