viernes, 11 de enero de 2019

Un trozo de tela

Dime, por favor, que se trata de un trozo de tela. Porque su color es negro, y tiene reflejos azules, como era el pelo de ella. Solo un trozo de tela y nada más. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Acaso es lógico pensar que algo inerte puede convertirse en una cosa con vida? Mi madre lo decía: de tan negro que tiene el pelo, sus reflejos son azules. Pero confieso que nunca entendí esa relación tan estrecha entre esos dos colores. ¿Por qué el azul con el negro y no el verde o el rojo? Y ahora eso de ahí —que espero nunca pase de ser el pedazo de una camiseta vieja— aparece debajo del mueble del comedor, como si hubiera estado allí desde siempre. Y hoy que mis padres ya no están aquí, hoy que estamos solos, no tengo nadie a quien preguntar excepto tú. Pero mi pregunta es capciosa, porque solo puedes darme una respuesta. Y es justo la que quiero oír. Porque tú no sabes nada de ella y ella no puede salir de tus labios.



martes, 29 de septiembre de 2015

Dejarse el curro


Justo cuando estoy atravesando el pasaje me doy cuenta de que no tengo prisa. Quiero hacer muchas cosas hoy, pero no tengo prisa. El alrededor huele a humedad y a hojas pudriéndose, y refleja la luz de un día nublado. Antes no era así. Antes iba por el pasaje y salía de él, con la cabeza repleta de cosas que había lejos, muy lejos. 

Hoy es distinto. Hay una botella de ron vacía en un escalón y un vaso de plástico sucio, y yo los veo. Evito en el último momento pisar un trozo de cáscara blanca. Me fijo bien y sí, en algún momento de mi juventud vi algo parecido. No son huevos comprados en supermercado y, además, están rotos de un modo curioso, como si el hecho de romperlos fuera secundario o, más bien, como si romper el cascarón fuese un acto reflejo, como alimentarse, dormir, respirar, latir. Eso que se hace sin pensar, sin intención casi. «Nosotros cascamos los huevos de un modo determinado, muy distinto a como los rompen los polluelos», pienso. Y me doy cuenta de que hacía años que no podía pensar estas cosas, que hace unos meses, y aun semanas, era impensable para mí detenerme a buscar nidos yendo a hacer la compra un sábado por la mañana. 

No veo ninguno. Ni idea de qué tipo de ave acaba de incubar sus huevos en diciembre. Sin embargo, los rastros en el interior de la corteza me dicen que no ha pasado mucho tiempo, ni ha ocurrido a demasiada distancia. Al ser consciente de lo que está pasando, no me importa no haber encontrado el nido. Bajo los escalones esquivando los restos del botellón, salgo del pasaje y pienso que hay saltos al vacío que merecen la pena. 

Yo lo estoy comprobando ahora. Los polluelos lo comprobarán más adelante.

viernes, 3 de julio de 2015

El hombre en la pieza de Twitchett

Pero no quiero ser feliz. Quiero estar bien. Acabé convencido de esto hace unos días, cuando pasé por López de Hoyos de noche y no pude distinguir a simple vista si las ramas de los plátanos se movían o eran movidas. Fue lógico que, justo ahí, volviese a pensar en lo importante que es para mí la posibilidad frente al hecho. Quiero indagar sacando cosas fuera, como si quitase trastos de la habitación para poder barrerla o como si estuviese excavando una madriguera.

Ese hombre con la pluma en alto en la pieza de Twitchett es en realidad un lugar que espera ser habitado, porque una vocación no es unas ganas de hacer, sino unas ganas de ocupar un determinado espacio de una determinada manera. Unas ganas de viajar.

«Con lentitud, había ido abriéndose en ella algo intrincado y con mil cámaras que había que explorar con una antorcha».

El último yo es el que regresa para cuidar del resto y apagar así sus quejas, el que trata de contestar con su voz a otra voz ajena, extraña, extranjera. El último yo, por si había alguna duda, es siempre el que disuelve la presión.

Así que no me preocupa ahora no volver a soñar con ese lugar, sino volver a olvidarme de que existe y de que pertenezco a él. En su momento el deseo fue otro, pero estoy bastante convencida de que la solución ha de pasar de nuevo por una concepción espacial del problema.

Quiero entrar. Quiero estar dentro y escribir. Escribir, escribir, escribir.

Necesito viajar de nuevo.

Lectura de Orlando, de Virginia Woolf, traducido por Borges.

martes, 9 de junio de 2015

Monográfico

 
Hoy sale en preventa mi primer relato autopublicado en Ofegabous (digo «autopublicado» porque la Editorial Ofegabous en realidad somos mi hermana y yo) y me parece buena excusa para hacerle una entrada en mi blog. También he puesto arriba una pestaña para que se quede ahí ya permanentemente.

La idea que quería expresar con el texto de Monográfico surgió a medida que lo escribía, cosa que se ve claramente ya en una primera lectura, y no es muy original. Simplemente quería decirle al mundo que estaba solo en un momento en el que lo estaba de verdad. Y este texto, claro está, se terminó cuando dejé de estarlo.

Muy a grandes rasgos, hay dos líneas argumentales: una íntima y sincera (el listado de mis experiencias y reflexiones sobre mi estado de ánimo) y otra ficcional (la historia de Ugen, un ser de otro mundo que investiga un misterioso caso de asesinato); aunque las dos intentan reflejar la misma sensación.

Pero en Monográfico está también presente el resultado del trabajo de otra persona. Aguantándome y apoyándome desde el principio, mi hermana Mayte ha hecho un trabajazo de editora, que es una labor que está muy a la vista, pero que no siempre es reconocible. El formato físico, por ejemplo, es prácticamente el que es gracias a ella. Al final ha sido una tirada limitada y numerada de 250 ejemplares de un fanzine de grapa con sobrecubiertas.

Creo que el resultado es un relato raro en un formato raro. De eso estoy casi seguro. De lo otro, ya que lo digan los demás.

http://tiendaofegabous.bigcartel.com/product/monografico