jueves, 12 de diciembre de 2019
Banderas de españa
Pensando en algo que poner aquí me han venido a la cabeza banderas de españa. Muchas banderas de españa. Millones de fichas de dominó con la bandera de españa que empiezan a caer, una detrás de otra, unas empujadas por otras, en el escenario de un gran auditorio hasta formar el dibujo de una bandera de españa enorme, apreciable solo desde muy arriba. Banderas de españa ondeando sujetas a pequeñas astas clavadas en cada uno de los cigarrillos de tabaco rubio que la gente fuma. Una bandera de españa que de repente recuerda aquella vaca que vio en su juventud, en el prao. Aquella vaca tenía unas larguísimas pestañas. Hermosas, negras, larguísimas. Así que tira a la basura el medio quilo de carne de ternera que tenía guardada en el congelador porque ¿quién quiere comer el cuerpo de algo que tenía pestañas, algo que hacía uso de ellas? Se da cuenta, claro, de que este es un pensamiento curioso para una bandera de españa, pero ¿cuál no lo es? También banderas de españa volando como pájaros migrando en formación de uve, como los patos. Un mundo con tantas banderas de españa que la bandera de españa carece de todo significado. Un mundo que en realidad es una sola cosa: una bandera de españa infinitamente replicada. Banderas de españa cayendo del interior del bolsillo de un pobre anciano al que acaban de atropellar porque cruzó en rojo. Un disfraz de pulga sexi confeccionado con banderas de españa. La bandera de españa como un hito tecnológico en la carrera mundial por sobrepasar los límites de la investigación informática. Un idioma completo compuesto por anagramas del sintagma «bandera de españa», como rebapadedanañes o pañedrednasabae y así hasta donde alcance. Un poro hinchadísimo que al final revienta y del que sale, no la bandera de españa, sino pus. A borbotones. Como cuando se limpia una fístula. Pero, cuando ya no queda pus, en lugar de sangre salen banderas de españa. Montones y montones de banderas de españa. Y la hemorragia ha de cortarse rápidamente porque si no la pobre persona se muere, porque sin pus sí puede vivir, pero hay un número mínimo de banderas de españa que su cuerpo debe conservar.
viernes, 11 de enero de 2019
Un trozo de tela
Dime, por favor, que se trata de un trozo de tela. Porque su color es negro, y tiene reflejos azules, como era el pelo de ella. Solo un trozo de tela y nada más. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Acaso es lógico pensar que algo inerte puede convertirse en una cosa con vida? Mi madre lo decía: de tan negro que tiene el pelo, sus reflejos son azules. Pero confieso que nunca entendí esa relación tan estrecha entre esos dos colores. ¿Por qué el azul con el negro y no el verde o el rojo? Y ahora eso de ahí —que espero nunca pase de ser el pedazo de una camiseta vieja— aparece debajo del mueble del comedor, como si hubiera estado allí desde siempre. Y hoy que mis padres ya no están aquí, hoy que estamos solos, no tengo nadie a quien preguntar excepto tú. Pero mi pregunta es capciosa, porque solo puedes darme una respuesta. Y es justo la que quiero oír. Porque tú no sabes nada de ella y ella no puede salir de tus labios.
martes, 29 de septiembre de 2015
Dejarse el curro
Justo cuando estoy atravesando el
pasaje me doy cuenta de que no tengo prisa. Quiero hacer muchas cosas
hoy, pero no tengo prisa. El alrededor huele a humedad y a hojas
pudriéndose, y refleja la luz de un día nublado. Antes no era así.
Antes iba por el pasaje y salía de él, con la cabeza repleta de
cosas que había lejos, muy lejos.
Hoy es distinto. Hay una botella de ron
vacía en un escalón y un vaso de plástico sucio, y yo los veo.
Evito en el último momento pisar un trozo de cáscara blanca. Me
fijo bien y sí, en algún momento de mi juventud vi algo parecido.
No son huevos comprados en supermercado y, además, están rotos de
un modo curioso, como si el hecho de romperlos fuera secundario o,
más bien, como si romper el cascarón fuese un acto reflejo, como
alimentarse, dormir, respirar, latir. Eso que se hace sin pensar, sin
intención casi. «Nosotros cascamos los huevos de un modo
determinado, muy distinto a como los rompen los polluelos», pienso.
Y me doy cuenta de que hacía años que no podía pensar estas cosas,
que hace unos meses, y aun semanas, era impensable para mí detenerme
a buscar nidos yendo a hacer la compra un sábado por la mañana.
No veo ninguno. Ni idea de qué tipo de
ave acaba de incubar sus huevos en diciembre. Sin embargo, los
rastros en el interior de la corteza me dicen que no ha pasado mucho
tiempo, ni ha ocurrido a demasiada distancia. Al ser consciente de lo
que está pasando, no me importa no haber encontrado el nido. Bajo
los escalones esquivando los restos del botellón, salgo del pasaje y
pienso que hay saltos al vacío que merecen la pena.
Yo lo estoy comprobando ahora. Los
polluelos lo comprobarán más adelante.
viernes, 3 de julio de 2015
El hombre en la pieza de Twitchett
Pero no quiero ser feliz. Quiero estar bien. Acabé convencido de esto hace unos días, cuando pasé por López de Hoyos de noche y no pude distinguir a simple vista si las ramas de los plátanos se movían o eran movidas. Fue lógico que, justo ahí, volviese a pensar en lo importante que es para mí la posibilidad frente al hecho. Quiero indagar sacando cosas fuera, como si quitase trastos de la habitación para poder barrerla o como si estuviese excavando una madriguera.
Ese hombre con la pluma en alto en la pieza de Twitchett es en realidad un lugar que espera ser habitado, porque una vocación no es unas ganas de hacer, sino unas ganas de ocupar un determinado espacio de una determinada manera. Unas ganas de viajar.
«Con lentitud, había ido abriéndose en ella algo intrincado y con mil cámaras que había que explorar con una antorcha».
El último yo es el que regresa para cuidar del resto y apagar así sus quejas, el que trata de contestar con su voz a otra voz ajena, extraña, extranjera. El último yo, por si había alguna duda, es siempre el que disuelve la presión.
Así que no me preocupa ahora no volver a soñar con ese lugar, sino volver a olvidarme de que existe y de que pertenezco a él. En su momento el deseo fue otro, pero estoy bastante convencida de que la solución ha de pasar de nuevo por una concepción espacial del problema.
Quiero entrar. Quiero estar dentro y escribir. Escribir, escribir, escribir.
Necesito viajar de nuevo.
Lectura de Orlando, de Virginia Woolf, traducido por Borges.
martes, 9 de junio de 2015
Monográfico
Hoy sale en preventa mi primer relato autopublicado en Ofegabous (digo «autopublicado» porque la Editorial Ofegabous en realidad somos mi hermana y yo) y me parece buena excusa para hacerle una entrada en mi blog. También he puesto arriba una pestaña para que se quede ahí ya permanentemente.
La idea que quería expresar con el texto de Monográfico surgió a medida que lo escribía, cosa que se ve claramente ya en una primera lectura, y no es muy original. Simplemente quería decirle al mundo que estaba solo en un momento en el que lo estaba de verdad. Y este texto, claro está, se terminó cuando dejé de estarlo.
Muy a grandes rasgos, hay dos líneas argumentales: una íntima y sincera (el listado de mis experiencias y reflexiones sobre mi estado de ánimo) y otra ficcional (la historia de Ugen, un ser de otro mundo que investiga un misterioso caso de asesinato); aunque las dos intentan reflejar la misma sensación.
Pero en Monográfico está también presente el resultado del trabajo de otra persona. Aguantándome y apoyándome desde el principio, mi hermana Mayte ha hecho un trabajazo de editora, que es una labor que está muy a la vista, pero que no siempre es reconocible. El formato físico, por ejemplo, es prácticamente el que es gracias a ella. Al final ha sido una tirada limitada y numerada de 250 ejemplares de un fanzine de grapa con sobrecubiertas.
Creo que el resultado es un relato raro en un formato raro. De eso estoy casi seguro. De lo otro, ya que lo digan los demás.
lunes, 20 de abril de 2015
Contra la presión
Así a ojo calculo que he pasado más de la mitad de mi vida luchando contra mí mismo. Debería sentirme más orgulloso de las pocas cosas que he logrado hacer, porque siempre considero que es pereza lo que en realidad es… esa presión que me paraliza.
Hoy voy a perder todo el día. Lo sé. Lo supe anoche ya, al acostarme. Lo noto. Me voy conociendo. Mañana estaré mejor, pero solo si hoy trabajo en la dirección correcta. Esto es lo importante ahora. Primero salir del hoyo. Después inventar estrategias para no volver a caer en él.
miércoles, 25 de marzo de 2015
Características de los textos de ficción revolucionarios
Desde hace unos años me
cuesta escribir ficción si siento que lo que escribo no contribuye a
cambiar el mundo, y es por eso que me pregunto constantemente cómo
puedo contribuir yo a cambiar el mundo escribiendo ficción. Está
claro para mí que un texto ficcional verdaderamente revolucionario
debe incidir en el sujeto oprimido de manera que le incite a alcanzar su emancipación.
Pero ¿cómo se consigue esto?
En el siguiente post intentaré responder a esta pregunta
lo mejor posible.
La intención aquí es la de
enumerar una serie de características que me parecen fundamentales a
este respecto. En la medida en la que un texto cumpla alguna de ellas
tendrá al menos un grado de subversión, mientras que si las cumple
todas será, sin duda, un texto impecable, al menos a nivel
revolucionario.
La separación que hago
entre unas características y otras en la mayoría de los casos no es
real, pero la he forzado aquí para explicarme mejor. También he
resumido lo máximo posible para que todo quepa en un solo post.
1. Contenido
Este es el único punto que
normalmente es usado para determinar si un texto es o no
revolucionario. No voy a negar su importancia, porque la tiene, pero
es importante también aclarar que no es el único.
Para determinar qué
contenido puede ser subversivo en una obra de ficción no es
necesario preguntarse si debe incluir personajes de clases bajas,
contar historias que critiquen el sistema hegemónico, buscar
simplemente la verdad…
Yo creo que es más sencillo
que todo esto. Pienso que una ficción que pretenda ser
revolucionaria debe simplemente reflejar un mundo en el que los
oprimidos sean capaces de emanciparse, debe inyectar en el
imaginario colectivo la posibilidad del alzamiento. Y existen muchas
formas de hacerlo y muchos ejemplos que van desde el mainstream
(Braveheart) al underground (El
Eternauta).
Todo texto ficcional
conlleva un modelo de mundo, incluso
la publicidad, así que los escritores tienen una responsabilidad
política de preguntarse si su producción tiene como referente
un universo en el que el sistema dominante se presenta como único e
imbatible, o todo lo contrario.
miércoles, 28 de enero de 2015
sábado, 25 de octubre de 2014
Ancillary Justice
Para empezar es inevitable comparar el
universo que aparece en este libro con el que creó Ursula K. Le
Guin para su ciclo del Ekumen. De las dos partes en que
se puede dividir la novela —dos momentos distintos de la historia
que se van alternando en los capítulos—, una se parece tanto a La mano izquierda de la
oscuridad que es imposible no pensar en un homenaje o en un
diálogo intencionado con ella. Varios puntos en los que se
acercan son: la historia de amistad entre dos seres de distinta
naturaleza, la piel oscura de los personajes, la semejanza de algunos
nombres (Genly Ai/Denz Ay y Estraven/Seivarden), la ausencia de un
amor romántico central en la trama —¡gracias, Ann Leckie!—,
el viaje cruzando un mundo helado, el interés por la antropología
y, sobre todo, su forma de tratar el género. No es que Leckie haya
usado el recurso del hermafroditismo secuencial de Le Guin, ni mucho
menos, pero sí ahonda en la problemática del binarismo de género.
viernes, 17 de octubre de 2014
martes, 7 de octubre de 2014
Te echo de menos
Últimamente me haces pensar en aquel gemelo malo —¿te acuerdas?— que decías ver en mis ojos cuando te sentabas en un bordillo a llorar y yo, llorando también, pero empecinado en ayudar, hacía todo lo contrario repitiéndote que el negro era negro y el blanco, blanco, como si a alguien le importase.
A mí me molestaba tu intuición porque en el fondo sabía que esa parte de mí existía y que desde algún lugar vertía quién sabe qué fluidos, quién sabe qué ideas. Me molestaba tu intuición porque era posible que mi concepción del mundo estuviese ligeramente distorsionada por una pequeña variable, lo suficientemente grande como para que todo estuviese equivocado, sin parecerlo. Un pequeño error, pero uno en la base. Por ejemplo, creer que el negro es perfectamente distinguible del blanco.
Ese gemelo era entonces una parte de mí que actuaba en contra del resto, un sabotaje que venía del interior, un tropiezo por dentro.
Es verdad que también agradecía tu intuición. Siempre he sido un entusiasta de alzar las armas contra uno mismo, de frotar hasta romper si hace falta en el aseo personal. Siempre he sido partidario de la represión, si es uno mismo quien se la infringe. Ese gemelo malo que decías ver en mis ojos era otra buena excusa —y lo fue— para levantar barreras, cavar fosas y silenciar voces en este vasto espacio imaginario que soy yo.
Pero tú eres distinta: en tu caso el enemigo siempre fue externo, y se acercaba haciendo aspavientos, señalándose a sí mismo con un enorme indicador rojo que a veces solo tú veías. Tu intuición es para los demás, y para ti no tienes. Por estar tan segura de ti misma, de tus aptitudes, por tener tan claro que pudiste estar equivocada, paradójicamente, no tienes en tu interior forjas encendidas, no tienes altas almenas, ni ejércitos veteranos. Aunque alcances a ver de dónde viene el ataque, no puedes más que lanzar piedras del camino a la lejanía.
Últimamente me haces recordar aquel gemelo malo que decías ver en mis ojos, y es que ahora te vuelves a sentar en un bordillo y, llorando, andas empecinada en andar tras la verdad, como si a alguien le importase. Y no sabes lo que yo, llorando también a tu lado, te echo de menos.
A mí me molestaba tu intuición porque en el fondo sabía que esa parte de mí existía y que desde algún lugar vertía quién sabe qué fluidos, quién sabe qué ideas. Me molestaba tu intuición porque era posible que mi concepción del mundo estuviese ligeramente distorsionada por una pequeña variable, lo suficientemente grande como para que todo estuviese equivocado, sin parecerlo. Un pequeño error, pero uno en la base. Por ejemplo, creer que el negro es perfectamente distinguible del blanco.
Ese gemelo era entonces una parte de mí que actuaba en contra del resto, un sabotaje que venía del interior, un tropiezo por dentro.
Es verdad que también agradecía tu intuición. Siempre he sido un entusiasta de alzar las armas contra uno mismo, de frotar hasta romper si hace falta en el aseo personal. Siempre he sido partidario de la represión, si es uno mismo quien se la infringe. Ese gemelo malo que decías ver en mis ojos era otra buena excusa —y lo fue— para levantar barreras, cavar fosas y silenciar voces en este vasto espacio imaginario que soy yo.
Pero tú eres distinta: en tu caso el enemigo siempre fue externo, y se acercaba haciendo aspavientos, señalándose a sí mismo con un enorme indicador rojo que a veces solo tú veías. Tu intuición es para los demás, y para ti no tienes. Por estar tan segura de ti misma, de tus aptitudes, por tener tan claro que pudiste estar equivocada, paradójicamente, no tienes en tu interior forjas encendidas, no tienes altas almenas, ni ejércitos veteranos. Aunque alcances a ver de dónde viene el ataque, no puedes más que lanzar piedras del camino a la lejanía.
Últimamente me haces recordar aquel gemelo malo que decías ver en mis ojos, y es que ahora te vuelves a sentar en un bordillo y, llorando, andas empecinada en andar tras la verdad, como si a alguien le importase. Y no sabes lo que yo, llorando también a tu lado, te echo de menos.
domingo, 14 de septiembre de 2014
domingo, 7 de septiembre de 2014
Errores en la edición de Minotauro de “La mano izquierda de la oscuridad”
Este post nace
del cabreo que he cogido leyendo La mano izquierda de la
oscuridad, de Ursula K. Le Guin. Y no es por la novela en sí,
sino porque la edición tiene tantos problemas que no sé quién tiene la culpa de que no haya disfrutado con ella.
Si alguien a quien le interese la sociología, la antropología o la ciencia ficción en general está pensando en leerla, le recomiendo que acuda a cualquier otra edición que no sea esta de la que os voy a hablar ahora mismo, es decir, la publicada por Minotauro, con traducción de Francisco Abelenda (Francisco Porrúa), en 2008 para la Colección Booket. La portada es esta:
Simplemente enumeraré los errores más destacables que he visto, para poner sobre aviso a quien quiera acercarse a ella.
Si alguien a quien le interese la sociología, la antropología o la ciencia ficción en general está pensando en leerla, le recomiendo que acuda a cualquier otra edición que no sea esta de la que os voy a hablar ahora mismo, es decir, la publicada por Minotauro, con traducción de Francisco Abelenda (Francisco Porrúa), en 2008 para la Colección Booket. La portada es esta:
Simplemente enumeraré los errores más destacables que he visto, para poner sobre aviso a quien quiera acercarse a ella.
jueves, 4 de septiembre de 2014
Tu sueño
Abuelo.
Tu abuelo te explica lo difícil que lo
ha tenido para comprarse un Cristo. Los hay de muchas maneras, dice. Te
enseña uno que está hecho con pequeños cráneos de metal y su
corazón es la pepita de una fruta no comestible.
Quieres salir de su habitación,
pero te cierra el paso, así que tienes que usar la otra puerta, con mucho
cuidado de no hacerle ver que estás huyendo de él.
Prima.
Tu padre está sentado en la cama de tu
prima. Ella lleva un pijama infantil y está semincorporada sobre las
sábanas. Tiene unos doce años. Él le acaricia una pierna, la deja
hablar, es muy suave. Tú rompes el rollo que había en la
habitación. Tu padre ha aumentado la
distancia con tu prima al darse cuenta de que has entrado, pero solo un poco. Ella se alegra de verte.
Si quieres salir de esta habitación
sin volver a ver a tu abuelo, es necesario saltar por la ventana.
Jardín.
Aquí hay plantas y banquitos. Tu prima
te ha seguido, pero ahora va vestida de calle y con unos taconazos.
Se ha maquillado mucho, y eso hace que parezca mayor. Se dirige a la
entrada del edificio. Tú te das cuenta de que andar por allí te
hace daño porque vas descalzo. Si sigues a tu prima llegas a la
entrada de la casa.
Entrada.
Tu prima, vestida de gala con unos
tacones superaltos, camina muy por delante de ti, con firmeza,
pisando fuerte.
Hay coches que entran y que salen,
músicos de orquesta sinfónica hablando entre ellos y paseándose. En las escaleras de piedra que llevan a la
puerta está el Papa sentado, y dice cuando pasas:
—Las dos academias son una mierda.
Las dos. No se salva ninguna.
Recibidor.
Hay mucho barullo y grandes
personalidades. La señora Merkel conversa con músicos en frac.
Alguien está hablando con tu prima, y le dice:
—Esto es un desastre. Si no fuera por
ti, la pobrecita Merkel lo habría pasado fatal.
La única forma de escapar es subiendo
unas escaleras que hay al fondo del recibidor.
miércoles, 25 de junio de 2014
El origen de la expresión «go canny!»
Fragmento de «Sabotage»,
de Emile Pouget, 1898.
Los británicos aprendieron lecciones
de sabotaje de los escoceses, e incluso tomaron de ellos el nombre de
bautismo del sistema: go canny!
Recientemente la Unión Internacional
de Estibadores, que tiene sus oficinas en Londres, envió un
manifiesto llamando al sabotaje, por lo que los estibadores empezaron
a hacerlo, ya que hasta ahora ha sido principalmente en las minas y
en las fábricas textiles donde los trabajadores británicos lo han
llevado a cabo.
Aquí está el manifiesto en cuestión:
¿Qué significa «go canny»?
Es una expresión corta y útil para
designar una nueva táctica empleada por los trabajadores en vez de
ir a la huelga.
Si dos escoceses están caminando
juntos y uno va demasiado rápido, el otro le dice: «go canny», que
significa, «ve más despacio».
Si alguien quiere comprar un
sombrero que vale cinco francos, tiene que pagar cinco francos. Pero
si solo quiere pagar cuatro, entonces tendrá uno de menor calidad.
Un sombrero es una forma de «mercancía».
Si alguien quiere comprar seis
camisas a dos francos cada una, tiene que pagar doce francos. Si solo
paga diez, obtendrá solo cinco camisas. Una camisa es una forma de
«mercancía vendida en el mercado».
Si un ama de casa quiere comprar un
pedazo de carne que vale tres francos, tiene que pagar por ello. Y si solo ofrece dos francos, entonces se le dará carne en mal
estado. La carne de vaca también es una «mercancía vendida en el
mercado».
Bueno, los jefes declaran que el
trabajo y la habilidad son «mercancías para la venta en el
mercado», como sombreros, camisas, zapatos y carne.
Perfecto, contestamos. Os tomamos la
palabra.
Si es «mercancía» vamos a
venderla como el fabricante de sombreros sus sombreros y el carnicero
su carne. Ellos dan mala mercancía por precios malos y nosotros
haremos lo mismo.
Los jefes no tienen derecho a contar con nuestra caridad. Si se niegan a discutir nuestras demandas, bien, nosotros pondremos en práctica el «go canny», la ralentización, a la espera de que nos escuchen.
Así que aquí vemos una hermosa
definición de sabotaje: por mal pago, mal trabajo.
Fuente: Almanach du Père Peinard,
1898.
Traducido al inglés por
Mitchell Abidor para marxists.org;
CopyLeft: Creative Commons
(Atribución y compartir igual) marxists.org 2006
Traducido al español por
Curro Esbrí.
jueves, 29 de mayo de 2014
Hemos venido a darlo todo
Esto es lo que creo que dije en la
presentación de Hemos venido a darlo todo
el
17 de mayo de 2014 en La Central del Museo Reina Sofía de Madrid
Ante todo quiero dar las gracias al
Museo Reina Sofía, a esta librería, a Sara, que es una pena que se
esté perdiendo esto, a Íñigo López Palacios por acceder a estar aquí hoy y sobre todo a Ana, por tantas cosas.
Esta es la primera presentación al uso, con micro y todo, que organizamos en la editorial Ofegabous, así que estamos muy ilusionados por hacerla, aunque también es cierto que la presentación de un libro de Wences Lamas muy normal no puede ser. Ya os aviso.
Le pregunté en su momento a Wences qué quería que dijese aquí. Y él me contestó que lo que me naciera, lo que pensase realmente del libro. Yo creo que dijo eso porque no me conoce. Pero bueno, le voy a hacer caso igualmente porque en el fondo entiendo por qué dijo eso. Y es que sabe que una de las mayores virtudes de Hemos venido a darlo todo es que es un libro pensado para que cada ejemplar sea especial para cada lector. Y al fin y al cabo para eso estamos aquí, para daros una idea de lo que hemos publicado.
Pues bien, en mi caso, lo que me viene a la cabeza
cuando pienso en él es que este libro está vivo.
Y voy a dedicar los siguientes minutos a explicar esto.
sábado, 24 de mayo de 2014
Decirte
Después te arropo. No sé si tienes frío o no, pero creo que te vas a quedar dormida dentro de poco y es mejor que estés tapada. Meto la mano por debajo del edredón y toco tu espalda desnuda. Me pregunto por qué lo he hecho. Me siento muy consciente de cada cosa que pasa a mi alrededor y de lo que hago, por eso me sorprende no tenerlo claro en este caso. No he conectado mi mano a tu espalda porque quiera comprobar la temperatura de tu cuerpo. Tampoco era por notar el tacto de tu piel. Es simplemente que quería seguir conectado a ti de algún modo físico. Me parece normal y bueno y ya no me pregunto más.
Desde aquí me apetece decirte que te quiero, pero no recordar que hay lugares desde los que no quiero decírtelo. Esos que me veo obligado a recorrer a diario y de los que conozco cada detalle y a los que no pienso dedicar una palabra más. Como te has quedado dormida ya —lo sé ahora por tu respiración—, no tiene sentido decirte nada, así que me callo. Pero creo que lo importante son las ganas. No sé qué sería de mí sin las ganas.
Estoy a gustito y se me ocurre la nefasta idea de decirte. O sea, lo que viene a ser describir a «la mujer que me acompaña», aquello que suele devenir en frases que dan tanto repelús como «ella es hermosa». Pero pienso que yo sería capaz de hacerlo bien, de describirte como lo hace la Woolf, de mostrarte sin poseerte, de renunciar a la prepotencia de creer que puedo definirte con precisión, que puedo saber más de ti de lo que tú sabes, renunciar a la pretensión de decirte sin tu voz. Pero al mismo tiempo pienso que quizá esto de sentirme capaz de algo así no es más que una excusa para hacer precisamente lo que todo el mundo hace y a mí me aburre tanto. Me doy cuenta de que el riesgo es demasiado alto. Prefiero callarme la boca.
lunes, 12 de mayo de 2014
Estimúlate la próstata
Hace unos días estaba muy cachondo, realmente cachondo, solo en casa y manos a la obra, es decir, estaba masturbándome. En la cabeza me daban vueltas las palabras de Diana J. Torres: «cualquier persona que tenga una próstata dentro del culo puede tener un orgasmo maravilloso con ella». Y la idea de explorarme me ponía todavía más cachondo. Miré de reojo el Pornoterrorismo, que ahora tengo en la mesita de noche porque una buena amiga me lo ha dejado y que sería lectura obligatoria en los institutos si viviésemos en un mundo sexualmente sano. La decisión, pues, estaba tomada.
Pero uno no puede meterse algo por el
culo así, sin más, de modo que necesitaba ayuda. Pensé en qué
había dentro de mi habitación que me pudiese servir. No quería
salir al pasillo, que llegasen por sorpresa mis compañeras de piso y
me pillasen yendo de un lado a otro empalmado; y, la verdad, tampoco
se me ocurría nada que pudiese serme útil en toda la casa. De
repente, me acordé de algo que me hizo levantarme y abrir el
armario. Escarbé en los cajones, abrí cajas, desparramé los
apuntes de la carrera y el abrigo sobre la cama… y al final
encontré lo que buscaba: una bolsa del Mercadona con un tarro grande
de vaselina. Compré aquello hace bastantes años. Acababa de leer el Manifiesto contrasexual de Paul B. Preciado, no quise ir a un sex shop para comprar lubricante y estaba
claramente enfocado al ano. Recuerdo que me masturbé con un dedo
metido. No fue nada espectacular. Supongo que por eso no repetí.
Lo del otro día fue distinto porque
esta vez estaba claramente enfocado a la próstata. Y esa vaselina me
venía de maravilla. Recuerdo que, fugazmente, me pregunté si esas
cosas caducaban, pero estaba demasiado cachondo como para pensar
racionalmente. De hecho, mi prioridad en la vida en ese momento era
correrme. Todo lo demás había pasado a formar parte de un conjunto
confuso llamado «ya lo pensaré luego».
Me metí el dedo sin problemas y por
fin seguí masturbándome. Pero todo cambió al tocar, casi por
casualidad —ni siquiera me había informado mínimamente de su
ubicación—, cierto «bultito». Tuve que cambiar de postura para
llegar mejor con el dedo corazón y comprobé que si me sentaba sobre
mi mano, apenas tenía que hacer fuerza. Me corrí enseguida, y no
fue una corrida normal.
La distancia que hay entre añadir la
estimulación de la próstata a la masturbación y no hacerlo es
abismal, nunca mejor dicho, porque se trata de dos niveles distintos: el superficial y el profundo. Lo que un hombre espera cuando se le dice que el placer será mayor es solo un placer más evidente, más explosivo… pero en este caso es todo lo contrario. De hecho, la primera sensación que tienes es de que no está pasando nada, de que nada se ha añadido a lo que ya había, pero luego, de algún modo, sigues y sigues hasta darte cuenta, incluso puede que cuando ya hayas terminado, de que el placer ha sido mucho más intenso, aunque también mucho más disimulado. Esto es extraño, ya digo, para cualquier hombre. Es para mí difícil de explicar bien, pero
lo intentaré. Para ello tendré que contarte primero un asunto
personal que solo he superado —y solo en parte— llegando a la
treintena. Y sí, es un asunto sexual.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Visita de Giovanni Papini
Florencia, 12 de marzo
El escritor decía en su nota que
quería entrevistarse conmigo porque, según él, una persona como yo
podría aportarle muchos datos para un libro que andaba componiendo
cuyo personaje principal, casualmente, viajaba a lo largo y ancho del
mundo como yo.
Dijo que había oído hablar
de mí y de las «investigaciones febriles que me llevan a buscar
incansablemente», según sus propias e hinchadas palabras. A buscar
¿el qué? ¿El sentido de la vida acaso? ¿El sentido de mi vida? Es
verdaderamente absurdo.
Su propuesta me produjo una
gran pereza, pero accedí porque, después de haber leído la mayor
parte de las que se suelen llamar Las Grandes Obras de la Literatura
Universal sin haber encontrado en ellas nada interesante, quise investigar —aunque no febrilmente, claro— las razones por las que alguien
podía ansiar la introducción de su nombre en semejante canon.
Giovanni Papini no me defraudó en ese sentido: estaba bastante
seguro de la inmortalidad de su obra. Espero que no dejara entrever
eso en sus escritos —aunque lo dudo, dada su prepotencia—, pues
no hay nada que me repugnara más durante la tortuosa e interminable
labor de lectura que llevé a cabo en su momento.
—Es un hombre inhumano
—comenzó Papini a explicarme al protagonista de su libro—, una
persona sin empatía, una bestia con rostro humano.
Después de que aseverara
aquello pensé que si al menos hubiese elegido otra forma de decir lo
mismo, su descripción no habría sido tan tediosa; pero no,
simplemente había elegido otras palabras. Si hacía eso al hablar,
¿qué no haría al escribir? Y sí, en cuanto empezó a presentarme
su proyecto literario, me pareció que su intención era situar al
protagonista en distintos lugares para describirlo una y otra vez en
una sucesión de fragmentos que eran en realidad como daguerrotipos
de una persona en la misma postura en países distintos, en
situaciones distintas, es decir, que si el libro tenía interés
estaba en el pequeño margen que el voluminoso personaje cedía.
lunes, 10 de marzo de 2014
Mi propio juguete favorito
Escribo este post porque necesito explicar qué significa para mí ser editor, aunque no sepa si es a ti a quien quiero explicárselo o a mí mismo; y voy a empezarlo con un recuerdo infantil porque la tentación de embellecerlo es demasiado fuerte.
Tenía entonces unos trece años, estaba tumbado encima de la toalla de mi hermana —tardé bastante en tener una propia—, clavándome en los huesos los cantos rodados de la playa de Chilches y haciéndole compañía a mi madre.
—¿Hoy tampoco te vas a mojar? —me preguntó ella.
—No.
—Ay, hijo, con lo buena que está el agua…
Había ido allí en contra de mi voluntad, pero no me quedaba otra, teniendo en cuenta que mi madre es una mujer y que en este mundo es preferible que una mujer no vaya sola a la playa. Pese a ser tan joven, varias experiencias desagradables hicieron que entendiese bien este punto. Lo que no entendía era lo de la sombrilla.
—Pesa mucho —me dijo mi madre.
—Podríamos llevarla entre los dos.
—No.
No había sombrilla, pues. Por lo tanto, embadurnado hasta las cejas de protector solar, leía bajo una luz cegadora, porque no podía hacer otra cosa. Era eso o morirse de aburrimiento. No entendía cómo a otras personas les bastaba con gastar su tiempo tostándose al sol con los ojos cerrados. No entendía a mi madre. Pero ella a mí tampoco.
—¿Por qué no te traes la pelota y juegas?
Su pregunta hizo que en mi mente se formulase inevitablemente otra: ¿por qué no veía del mismo modo que yo el libro que tenía en las manos, por qué para ella era prácticamente invisible mientras que para mí suponía una aventura absorbente, no solo por parecer inabarcable —tenía más de mil páginas—, sino también por la cantidad de estímulos que me ofrecía? No lo pregunté en voz alta, claro. Me limité a responder:
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