viernes, 31 de enero de 2014
Conversaciones cruzadas
jueves, 23 de junio de 2011
El sueño de Diego
Diego supo que estaba dentro de un sueño, por lo tanto, quiso salir a la calle. Pero tras cruzar el umbral se encontró de nuevo en el pasillo de la casa.
Aquella falta de lógica espacial (salir de un lugar para llegar a ese mismo lugar) no le pareció sorprendente o, al menos, no tanto como la exacta recreación de la realidad que ante él apareció.
Aquel pasillo era idéntico al que Diego solía recorrer día tras día cuando estaba despierto. Para comprobarlo se acercó a la pared y miró las protuberancias del gotelé bien definidas, con su relieve minuciosamente perfilado por la luz que venía del salón.
«Es increíble», pensó mientras acariciaba con los dedos la pared, «incluso el tacto es el mismo».
Pese a ello Diego no tardó mucho en descubrir una alteración, un detalle discordante. Se trataba de una ventana al fondo del pasillo donde no debía haberla. Pero en aquel momento tuvo la sensación de que había estado siempre allí, aunque nadie la hubiese visto.
A Diego le vinieron a la mente otras ventanas soñadas, otras puertas, trampillas… todas ellas le habían llevado a una habitación concreta, siempre la misma. Era idéntica a la suya, pero se hallaba en otro lugar. Accedía a un espacio íntimo a través de una apertura extraña, insospechada. Y en aquella habitación que era suya, pero que no siempre podía visitar, encontraba cada vez un texto escrito por él, uno que indicaba una dirección, un futuro deseable y, aun sin ser en todo momento consciente de ello, deseado.
Así es que, nervioso y expectante, se acercó al fondo del pasillo y abrió aquella extraña ventana. Al otro lado vio un cuarto ciego paradójicamente bien iluminado con luz natural; una mezcla de trastero con salón y cocina en un espacio reducido. Por alguna razón le pareció lógico comunicar su descubrimiento a Lara.
—¡Lara! ¿Sabías que aquí hay un cuarto lleno de cosas? —y sin esperar respuesta siguió hablando a voz en grito por si Lara estaba encerrada en su habitación—. Igual podemos coger algo. Hay pimientos a punto de pudrirse. Tendremos que usarlos. Y unos donuts probablemente caducados que tus padres debieron de dejar aquí el finde. Hay también una lavadora. Podríamos probarla a ver si va bien, porque la nuestra… —entonces Diego se dio cuenta de que la única forma de acceder a ese cuarto recién descubierto era a través de la ventana. Pero era tan estrecha…
Intentó meter el cuerpo cuando, de repente, vio en un rincón, junto a la lavadora, un oscuro insecto que apareció y desapareció, como si una esquina de su sueño, de forma insospechada, ya no le perteneciese a él, sino a Lara. Inmediatamente después, Diego despertó.
domingo, 20 de febrero de 2011
El sueño de Lara
De algún modo soñar es también estirar el espacio que habitamos y hacerlo infinitamente más grande sin moverse del sitio. Por eso Lara aquella noche soñaba que dormía, que se veía a sí misma durmiendo y que en el interior de su habitación todo estaba a oscuras y en silencio. Pero algo andaba mal. Lara no sabía si avisarse despertándose o salir corriendo y dejarse sola cuando, de repente, un bulto negro pero brillante comenzó a descender del techo. El techo altísimo y el bulto muy grande. Se desplazaba en el aire hacia abajo despacio y en línea recta y, además, había en él algo que no paraba quieto. Al acercarse un poco más, Lara, paralizada por el terror, pudo ver las patitas finas y duras cuyo movimiento era delatado por diminutos destellos intermitentes. Colgada de un hilo reluciente, esa enorme y negra araña —era ya evidente su naturaleza— se dirigía hacia ella misma, hacia la Lara que dormía.
Sin darle tiempo a reaccionar, la araña cayó de golpe sobre la cama y Lara se echó las manos a la cabeza, desesperada. De repente, alguien saltó de entre las sábanas y huyó hacia la puerta. Lara comprobó que se trataba otra vez de ella misma.
Entonces, ¿quién era esa otra persona que permanecía junto al enorme insecto? Lara se acercó todo lo que su temor le dejó para descubrir que quien permanecía allí era Diego, como si él hubiese sido en algún momento parte de Lara, como si el descomunal insecto hubiese partido en dos algo que antes había sido uno, o como si aquella araña oscura hubiese salido alguna vez de la cabeza de Diego y volviese ahora, después de dar un inmenso rodeo, para dormir al lado de su padre. Quizá todo ello junto.
Todavía con temblores en las piernas, Lara salió de su habitación y encontró la puerta de la calle abierta. Cualquiera podría haber entrado. Quiso cerrarla rápidamente, pero alguien subía los escalones de dos en dos diciendo:
—¡Espera! ¡Espera!
Lara reconoció a la persona. Era un chico delgado y joven. Con el pelo oscuro y rapado. Los dientes amarillos. Llevaba una llave encima de cada oreja. A pesar de todo, y contra todo pronóstico, dejó entrar en casa al chico. Era Sergio.
domingo, 30 de enero de 2011
Primera llamada
—Creo que ya sé por dónde entran —dice.
—¿Tengo que ser siempre yo quien coja el teléfono, aunque esté en el cuarto de baño? —replica Diego.
Algunas veces se diría que, pese a vivir juntos, Diego y Lara habitan planetas distintos.
—Hola, soy Lucero —una voz dulce y femenina al otro lado—. Llamaba por lo del anuncio.
—Pero tú no eres de Madrid, ¿verdad? —le contesta Diego.
—Eh… No, soy de Jerez.
—Entonces ahora no estás en Madrid.
—No… Bueno, ahora estoy en Sevilla.
—Y me llamas desde Sevilla.
—Eh… Sí —pausa—. Por lo del anuncio.
—Y ¿cuándo vas a estar en Madrid?
—Dentro de unos días.
—Pero ¿para quedarte?
—Eh… Sí —pausa—. Ya sabes. Llamaba por lo del anuncio.
—Vale, pues cuando estés en Madrid hablamos, ¿no?
—Pues, sí, claro.
—Bueno, hasta luego.
—Oye, que…
Diego cuelga y oye ¡zis, zas! El sonido viene de la cocina. Asoma la cabeza y ve a Lara arrodillada junto al respiradero con un destornillador en una mano y una esponja en la otra. Normalmente Diego piensa que ella está equivocada y es él quien lleva la razón. Ya ha manifestado en alguna otra ocasión sus opiniones sobre aquel respiradero. Existe por el gas, para evitar una explosión o la muerte por asfixia, y está arriba y abajo. «Que esté por duplicado es importante», piensa. «El que está abajo también protege la casa de una inundación».
—¿Es que no lo entiendes, Diego? —dice Lara de espaldas a él y haciendo ¡zis, zas!—. Es por Sergio… ¡No puedo quitármelo de la cabeza!
Diego baja la vista arrepentido. Ahora le cuesta entender qué puede haber de gracioso en hacerse pasar por tonto con una desconocida que llama a casa.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Lara y los intrusos
Un centro es un deseo constante, un lugar que siempre ansía ser rellenado con cualquier cosa. De ahí el poder de atracción que ejerce, el tránsito continuo en que éste deriva y el hecho de que cada visitante sienta la necesidad de depositar algo representativo, un recuerdo de sus hogares, un souvenir del revés. Pero esos objetos no pueden permanecer allí mucho tiempo sin rivalizar entre ellos porque —y esto todo el mundo lo sabe, aunque nunca nadie lo tenga presente— cualquier centro sólo puede estar ocupado por una única cosa cada vez. Es por eso por lo que Lara esparce clavo y cortezas de pepino adivinando las invisibles rutas de ácido fórmico, sitúa negras trampas circulares en las últimas esquinas, esparce veneno naranja alrededor del cubo de la basura y busca. «Debéis de entrar por algún lugar, piensa Lara, y yo he de encontrarlo». Barre a conciencia mientras rastrea, y mantiene limpio el centro de la casa para que ningún intruso pueda llevarse nada de él.
—Desapareceréis —dice Lara en voz baja— tarde o temprano —y levanta una bayeta amarilla. Son desvelados así pequeños puntos inquietos y negros que se mueven sin rumbo. Habían elegido aquel manto húmedo para aliviarse del agobiante calor de agosto. Los sádicos dedos de Lara parecen ahora una ametralladora.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Diego y el espejo
Pero la casa también puede empezar, por ejemplo, por el cuarto de baño; porque al fin y al cabo está al lado de la puerta de entrada —que es, digamos, el comienzo oficial—. Allí hay un inodoro, un espejo y está Diego.
«Inmediatamente después de los azulejos hay algo», piensa mientras mea sentado y observa la pared de su izquierda. «No se trata de la calle en concreto ni del exterior en general. Tampoco de la pared. Es justo lo que hay entre ella y la parte de atrás del azulejo. No es que ese lugar sea importante. Más bien lo es que seamos conscientes de su existencia, de que está ahí aunque no lo veamos».
Después Diego tira de la cadena y pone en marcha así una vez más un circuito abierto que es recorrido a trompicones. Como le dicta la costumbre, se lava las manos y evita mirarse en el espejo; y sigue pensando.
«Que yo sea otro es físicamente imposible. No pueden darse dos cosas en un mismo espacio. Sin embargo, cualquier espejo me ofrece la posibilidad de ese espacio doble que necesito para ser yo y otro al mismo tiempo». Entonces quiere comprobar que es cierto lo que piensa y clava sus ojos en el reflejo que clava sus ojos en él. «Es divertido jugar a adivinar qué estará pensando ese de ahí», dice para sí mismo, «como si fuera posible». Diego sabe que puede meter el brazo hasta el codo en ese espacio insinuado justo enfrente con un realismo brutal. Sigue mirando su reflejo y no le resulta difícil desvincularse de él, quitárselo de encima. Así nota el odio ajeno. Inspirado por él mismo, claro, pero originario del otro lado. Y el placer que le produce ese odio. «Puedo meter allí cualquier cosa», piensa.
domingo, 17 de octubre de 2010
Casting
Pese a su indudable importancia, Lara no está atenta a los patitos porque ahora mismo busca algo en su ordenador que no puede provenir realmente del interior de su ordenador. Por eso escribe en la barra del Google «el veneno más potente y más discreto».
En ese momento Diego da manotazos al aire y mete su cuerpo entero en el comedor como si todo el mundo asistiese a sus procesos mentales, como si el Universo se moviese al ritmo de sus pensamientos. Lara mira entonces de reojo el balcón y ve temblar en el aire el reflejo de una ligera y atroz —por lo menos a ella se lo parece— tela de araña. «Tengo que acabar con esto», piensa.
—Vale, ya lo tengo —dice Diego—. Pondremos el trípode aquí, frente al balcón, para que le dé la luz en los ojos; y encima ponemos la cámara de vídeo…
Lara, temerosa de que las palabras de Diego hayan cambiado algo en aquel comedor, observa detenidamente el espacio que la rodea hasta comprobar aliviada que todo sigue organizándose en torno a la mesa baja que hay en el centro. Después retoma y agarra para que no se le escape el ansia de exterminio que hay en el centro de su ánimo y así, por fin, puede replicar a Diego:
—¿Qué cámara de vídeo?
—Ah, ¡yo qué sé! —grita él hacia las paredes, andando de un lado a otro—. Conseguimos una y punto.
Porque es muy importante para Diego que lo que lleva dentro rebote contra el exterior, que las sillas acaben cabeza abajo de vez en cuando, que los cuadros caigan por el viento.
—Y el trípode ¿de dónde lo sacamos? —sigue preguntando Lara.
—Tengo un trípode en mi habitación —contesta Diego mirándola a los ojos por fin.
—¿Tienes un trípode en tu habitación?
—Sí. Y si me apuras me pongo a buscar por los cajones y encuentro hasta una cámara de vídeo.
—Bueno, haz lo que quieras.
Diego se para en seco frente a los patitos de goma. «Ojalá venga una siamesa», desea en silencio mientras los observa. Se ha pasado toda la mañana pensando en hermanas siamesas así en general y ahora mismo, por alguna razón que no comprende, ha vuelto a hacerlo.
—Pero eso ¿para qué? —pregunta Lara más por reproche que por curiosidad.
—Es que no me has dejado explicarme —a continuación Lara invita a Diego a continuar mediante un gesto con las manos que viene a decir «adelante»—. Tú serás la que hace las preguntas, ¿vale? Lo sentamos aquí —se sienta él mismo en un sillón blanco, abre mucho los ojos, luego los deja entreabiertos como si le molestara algo—, que le dé la luz en la cara y si hace falta encendemos el flexo ese que hay por ahí hacia aquí. Encendemos también la cámara y le decimos que si quiere ser grabado. Si nos pregunta le respondemos que es condición sine qua non. Si realmente le interesa, se quedará. Yo, mientras tanto, he encendido discretamente la calefacción.
—¿En agosto?
—Precisamente —silencio y mirada penetrante hacia Lara—. Y también me he quitado toda la ropa, ¿vale? Y me he puesto zapatos de tacón y unas bragas de encaje que le pediré a la Charo, mi amiga de Cáceres.
—Ahora es cuando dejo de escucharte.
—Y me meto detrás de la puerta de la cocina, aquí —y se mete detrás de la puerta cristalera de la cocina—, en cuclillas. (Recuerda que no llevo más que bragas de encaje y zapatos de tacón… Es posible que también un liguero, ya veremos.) Y entonces, como va a estar de espaldas, entonces respiro fuerte, como quien está excitado, para que me oiga. Así —y respira fuerte exagerando—.Y si se gira y me ve yo me escondo un poco, pero mal, y eso ya va a ser la hostia, ¿vale? Mientras, tú le haces preguntas. Se me han ocurrido unas cuantas. A ver qué te parecen —saca una libretita del bolsillo de atrás del pantalón y Lara finge con torpeza que todavía no escucha, que está atendiendo a otras cosas—. Esta es una: «¿cuál crees que es tu peor virtud y tu mejor defecto?». Eso le rompe el cerebro a cualquiera —una risilla burlona escapa de los labios de Lara—. Le preguntamos también si piensa tener hijos o familia, si le huelen los pies, si tiene problemas con las heces de los hurones o si acostumbra a usar el baño entre las siete y las siete y cuarto de la tarde…
—¿Quién va a aguantar todo eso, si puede saberse? Y ¿para qué?
—No sé. Me da igual. ¡La gracia está en que lo habremos grabado todo en vídeo!
De repente suena el teléfono. La mesa baja cruje y parece perder el equilibrio por un momento, pero continúa firme. Las cosas a su alrededor siguen situadas a su nivel —como el sofá y las piernas de Lara—, bajo él —las revistas, los pies de Diego— o sobre él —la lámpara, los brazos de Diego, la cara de Lara—.
«Ya está, piensa Diego, se trata de aquellas siamesas que sentían la ausencia de la otra hermana cuando eran separadas, como ocurre a veces con los miembros amputados». Furtivamente, Lara mira otra vez al balcón, pero ya no puede ver ninguna tela de araña. De alguna manera esa desaparición la alivia y la decepciona al mismo tiempo. «Nada de eso importa, piensa, tengo que encontrar ese veneno».
El teléfono sigue sonando.
—Es uno de ellos —dice Curro justo antes de descolgarlo.