sábado, 5 de enero de 2013

Borderlands / La Frontera

El libro

Aunque parezca imposible, mediante una operación matemática incorrecta y casi por obra de magia, los opuestos se mezclan para engendrar una sola cosa, distinta, contradictoria, pero real. Esta es la conclusión a la que tuvo que llegar Gloria Anzaldúa para aceptarse a sí misma: mestiza, feminista y lesbiana. El relato de este feliz encuentro está en Borderlands / La Frontera, un libro que es, al mismo tiempo, autobiografía, ensayo y poesía, y que está escrito en spanglish, una mezcla de inglés y español.
La frontera

Anzaldúa nació en un espacio que ya implicaba una ruptura y una mezcla a la vez. La línea que separa USA de México en el mapa es en realidad una herida abierta, una frontera político-geográfica que limita dos mundos tan cercanos como antagónicos; pero también es un lugar con entidad propia, y que se extiende por un vasto territorio difuso:

«The convergence has created a shock culture, a border culture, a third country, a closed country» (33).

Un país no oficial en el que, si tienes la mala suerte de nacer, estás obligado a llevar contigo su estigma por siempre, estés del lado que estés. Sus habitantes son los atravesados, los chicanos, los otros.

Pese a este marco de contradicción necesaria, o quizá por él, la cultura chicana carga con un complejo de impureza que le lleva a menospreciarse a sí misma, y que se refuerza con una sensación de inferioridad frente a la estadounidense y de traición respecto a la de origen. Un buen ejemplo de esto son las tres madres que, según Anzaldúa, tiene la gente chicana:

Las tres madres chicanas

Nuestra Señora de Guadalupe, la madre virgen que nunca abandonó a los suyos.

La Chingada (Malinche), la madre violada que abandona a sus hijos.

La Llorona, la madre que busca eternamente a sus hijos perdidos.

Según Anzaldúa estas tres madres han sido subvertidas para hacer prevalecer la dicotomía virgen/puta y reforzar así la opresión institucional, convirtiendo a Nuestra Señora de Guadalupe en un ejemplo de constancia y docilidad, a La Chingada (Malinche) en la madre traidora que abraza al colonizador y hace al mestizo avergonzarse de sus orígenes indios y a La Llorona en una mezcla de las otras dos haciendo a los chicanos arrastrar su sufrimiento por los siglos de los siglos.

La lengua

Este menosprecio hacia lo propio que vive el chicano es fruto al mismo tiempo de la violencia que ejerce contra él la cultura dominante —la de los «anglos»— y la sensación que tienen de haber traicionado sus orígenes. Esta doble presión deja al chicano sin voz, y no solo por ser su cultura considerada inferior intelectual y moralmente, sino también por el hecho de no poseer una lengua propia o, mejor, apropiada. El spanglish, o tex-mex, es considerado un idioma impuro —como si hubiese alguno que no lo fuera— y, por tanto, rechazado e incluso tachado de incorrecto. Anzaldúa narra cómo estuvo evitando usar su propia lengua para que su discurso pudiera ser legítimo hasta que leyó por primera vez poesía escrita en spanglish:

«When I saw poetry written in Tex-Mex for the first time, a feeling of pure joy flashed through me. I felt like we really existed as a people» (82).

El enemigo

Pero la exclusión tiene grados y todavía se puede descender más en ella, pues incluso dentro de la cultura marginada existe el castigo al desviado:

«The Chicano, mexicano, and some Indian cultures have no tolerance for deviance» (40).

Las identidades queer son atacadas como por un acto reflejo por las sociedades heterosexuales movidas por el propio miedo de sus individuos a ser diferente —léase inferior—. Esto llega hasta tal punto que —como explican Norma Élia Cantú y Aída Hurtado en la introducción a la cuarta edición de Borderlands / La Frontera— las chicanas, al igual que otras mujeres de color, han sido obligadas a elegir entre luchar por la causa feminista o por la de sus comunidades étnicas y raciales (9).

De manera que Anzaldúa, para reconocer al enemigo, tiene que establecer una distancia doble incluso con su propia gente: primero por ser feminista y luego por ser lesbiana. El enemigo es la opresión, todas las opresiones que provienen de la «absolute despot duality»:

«Half and halfs are not suffering from a confusion of sexual identity, or even from a confusion of gender. What we are suffering from is an absolute despot duality that says we are able to be only one or the other» (41).

Pero este enemigo no solo habita entre los chicanos, sino que también está fuertemente instalado en la cultura de los «anglos»:

«In trying to become “objective”, Western culture made “objects” of things and people when it distanced itself from them, thereby losing “touch” with them. This dichotomy is the root of all violence» (59).

Anzaldúa sabe que para derrotar al enemigo primero hay que identificarle, nombrarle correctamente. Pero también sabe que con eso no basta.

Escribir es luchar

Hay que tener mucho cuidado, porque la lucha contra esta opresión no debe ser una mera respuesta, una defensa, ya que lo que Anzaldúa quiere es destruir o, mejor, diluir al enemigo, y no mejorar las condiciones en las que viven ella misma y los de su misma condición. Por eso es fundamental actuar y no reaccionar:

«All reaction is limited by, and dependent on, what it is reacting against (…). The possibilities are numerous once we decide to act and not react» (100-101).

Y la forma que ella encontró para actuar, es decir, la escritura, es una actitud creativa, es una forma de combatir tanto dentro de uno mismo como fuera. El mero hecho de que Anzaldúa escriba en su propia lengua, el spanglish, hace que la presencia de los chicanos tenga más fuerza, pero, al mismo tiempo, en el proceso de escritura es inevitable que las ambivalencias vayan desapareciendo para dejar paso a una sola cosa contradictoria, aunque consistente:

«Living in a state of psychic unrest, in a Borderland, is what makes poets write and artists create (…). Then out it comes. No more discomfort, no more ambivalence (…). To write, to be a writer, I have to trust and believe in myself as a speaker, as a voice for the images. I have to believe that I can communicate with images and words and that I can do it well. A lack of belief in my creative self is a lack of belief in my total self and vice versa—I cannot separate my writing from any part of my life. It is all one» (95).

Gloria Anzaldúa. Foto de K.Kendall

La nueva mestiza

En realidad, Borderlands / La Frontera es una propuesta de Anzaldúa para acabar de una vez por todas con la maldita dualidad despótica que nos gobierna. Por eso la protagonista de este libro es the new mestiza, una nueva conciencia, un nuevo sujeto fruto de la indecibilidad, de la transición perpetua entre una, dos o múltiples culturas que se cruzan. Consciente de que la rigidez significa muerte, la nueva mestiza encarna la tolerancia a las contradicciones, a las ambigüedades. No es un equilibrio entre dos fuerzas, sino una síntesis de dos o más.

«As a mestiza I have no country, my homeland cast me out; yet all countries are mine because I am every woman's sister or potential lover. (As a lesbian I have no race, my own people disclaim me; but I am all races because there is the queer of me in all races.) I am cultureless because, as a feminist, I challenge the collective cultural/religious male-delivered beliefs of Indo-Hispanic and Anglos; yet I am cultured because I am participating in the creation of yet another culture, a new story to explain the world and our participation in it, a new value system with images and symbols that connect us to each other and to the planet. Soy un amasamiento, I am an act of kneading, of uniting and joining that not only has produced both a creature of darkness and a creature of light, but also a creature that questions the definitions of light and dark and gives them new meanings» (102-103).

Este hallazgo fue muy importante para la vida personal de Anzaldúa, y puede ayudar a mucha gente que se encuentre en su misma situación, pero lo cierto es que va mucho más allá, pues es la Humanidad entera quien ahora mismo se halla inmersa en este choque de culturas.

«En unas pocas centurias, the future will belong to the mestiza (…). The answer to the problem between the white race and the colored, between the males and females, lies in healing the split that originates in the very fundation of our lives, our culture, our languages, our thoughts. A massive uprooting of dualistic thinking in the individual and collective consciousness is the beginning of a long struggle, but one that could, in our best hopes, bring us to the end or rape, of violence, of war» (102).

El concepto de nueva mestiza es más complejo de lo que yo puedo mostrar aquí, y lo que es mejor, la forma de escribir de Anzaldúa, con vocación lírica, hace que su texto sea mucho más sugerente. La capacidad de esta escritora de comunicar fácilmente muchas de las teorías más farragosas de ciertos filósofos franceses es maravillosa. De hecho, su posición marginal, y que intente encontrar una voz propia desde ella, hace que esta sea más legítima que la de ellos cuando hablan del oprimido o del «otro». Además, que el despliegue de su teoría coincida con una experiencia personal, con un viaje interior hacia sí misma, hace que la nueva mestiza tenga una verosimilitud rara en este tipo de propuestas teóricas antisistema.

Y yo no puedo hacer más que reseñar lo mejor posible este libro, porque también creo que generar discurso no es ninguna tontería, que hay que crear más que reaccionar y que alcanzar un futuro deseable pasa necesariamente por una larga lucha contra el pensamiento organizado en oposiciones binarias jerárquicas que, por desgracia, ha sido nuestra única forma de pensar el mundo hasta ahora.

Gloria Anzaldúa, Borderlands / La Frontera: The New Mestiza, San Francisco, Aunt Lute Books, 2012.
  
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Nota:
La edición que yo he manejado es la cuarta, que conmemora el vigésimo quinto aniversario de la primera. Ignoro si contiene mucho más material que las anteriores, pero esta está bastante completita. En las citas indico la página en donde se pueden encontrar. Que yo sepa no existe ninguna edición traducida al castellano —difícil traducir este texto, por otra parte—, pero la versión original puede encontrarse fácilmente en España a través de cualquier librero que tenga cierto interés en servir a sus clientes. Por suerte esta buena gente existe. Un ejemplo de ello es Traficantes de sueños, que incluso tienen el libro en su página web:


domingo, 16 de diciembre de 2012

Los anuncios no son inocentes

Hay quien piensa que la publicidad en general es inocente, que lo único que busca es hacerse eco y vender sus productos. Si obviamos el hecho de que un discurso cuya finalidad es disuadir nunca puede ser inocente, todavía queda hablar del mensaje ideológico, que es mucho más difícil de ver.

Lo cierto es que, esté en la intención de los publicistas o no, el discurso que genera su trabajo conlleva necesariamente una «visión del mundo», es decir, una interpretación de nuestro alrededor. Y no queda otra, porque para crear una ficción, por pequeña que sea, es necesario crearle un marco, un lugar en el que desarrollarse. Y toda visión del mundo incluye inevitablemente una perspectiva ética y política, es inseparable de una ideología concreta.

Cualquier obra de ficción, sea una novela o un anuncio, es responsable del mundo que representa, del mundo tácito, si queréis, que la envuelve. Y a mí esto no me parece inocente porque quien percibe la ficción puede adoptar completamente o en parte esta «visión del mundo» de la que estábamos hablando.

Para hacerme entender mejor cito un párrafo de Crítica y sabotaje, que es el libro que me ha inspirado esta entrada:

«Por “acción modelizadora” hay que entender la acción consistente en determinar sujetos (cuerpos, gestos, acciones, discursos, subjetividades) que se presentan, perciben y conciben el mundo y a sí mismos según modelos previamente codificados, esto es, ideológicos, cuya finalidad es la práctica de una política normativa y obligatoria, y cuya estrategia consiste en presentarse como “naturales”».
Manuel Asensi Pérez, Crítica y sabotaje, Barcelona, Anthropos, 2011, p.15.

Como explicaba más arriba, cualquier discurso cumple esta función modelizadora porque, en menor o mayor grado, contiene una ideología, una «opción de realidad», cualquier discurso conlleva su particular opinión sobre lo que es «normal». Y me atrevo a decir que en la «visión del mundo» que se sobreentiende en ciertos anuncios estriba el peligro que ellos tienen, pues nosotros pensamos el mundo a través de las interpretaciones que vamos encontrando de él a lo largo de nuestra vida: lo que nos dicen nuestros padres, lo que nos dicen nuestros profesores, los libros que leemos, la televisión que vemos y hasta lo que encontramos en nuestro muro de Facebook o el TL de Twitter. Es por eso que los anuncios no son inocentes. En realidad, ningún discurso lo es.

No considero necesario aquí, por obvio, profundizar en el hecho de que es muy difícil que un anuncio contenga un mensaje político a tu favor si no tienes una empresa que factura millones de euros. Teniendo esto claro, ¿cómo reaccionar? ¿Qué actitud tener ante el bombardeo de anuncios al que nos vemos sometidos en cualquier situación cotidiana?

Es posible reaccionar de forma pasiva. «Lo que hay que hacer es ignorar los anuncios» es quizá una de las ideas que más he oído y leído. Es como opinan los que creen que los culpables somos nosotros mismos, que no ponemos las suficientes barreras para impermeabilizarnos bien contra los «lavados de cerebro» que los poderosos —léase «el capital»— nos intentan inocular, que no somos los suficientemente críticos, etc. Quizá tengan razón, pero yo creo que los mensajes proyectados por los grandes medios de comunicación, de un modo u otro, nos acaban llegando gracias a su maniobra envolvente, y los que mejor lo hacen y durante más tiempo son los del poder, pues los mass media se venden al mejor postor, como es lógico. Podemos defendernos de ellos solo hasta cierto punto, porque queremos seguir viviendo en este mundo, y es aquí donde no es posible ignorar del todo los discursos de quienes están en el poder, por lo que su acción modelizadora actúa igualmente, a un nivel tan profundo que a veces cuesta detectar incluso en nosotros mismos.

Por lo tanto, si el discurso de los anuncios no es inocente, si nos va a llegar de todos modos y si no basta con una actitud crítica, pero pasiva, ¿cómo actuar? ¿Cómo podríamos combatirlo de forma activa nosotros, los que no poseemos los medios de producción y por consiguiente, tampoco los de comunicación?

Por un lado, ha quedado claro que a nivel pasivo (individual) es responsabilidad de cada uno lo expuesto que se está —o mucho o poco, pero nunca no expuesto— al discurso del poder. Por otro lado, a nivel activo (social) yo solo encuentro una forma de combatirlo: generar discurso crítico, es decir, un discurso a la contra.

Y esto puede hacerse de dos modos:

  1. Mediante un trabajo teórico: analizando los anuncios, delatando la «acción modelizadora» de sus discursos y explicando por qué resulta peligrosa.
  2. Mediante un trabajo estético: usando las mismas herramientas ficcionales, generando respuestas artísticas con una «acción modelizadora» contraria. El mejor ejemplo, en el caso concreto de los anuncios, son las parodias.

Ambos son críticos, pero ambos son también teóricos y, a la vez, estéticos. La diferencia que hay entre estos dos modos es solo de grado: los primeros le dan mayor importancia a la teoría y los segundos a la estética.

Yo me inclino claramente por las parodias, y no solo porque sean más divertidas o porque el formato de vídeo —en el caso de los anuncios televisivos— las haga más atractivas, sino fundamentalmente porque tienen la ventaja de usar la repercusión de los mass media a su favor. Digamos que son una forma muy eficaz de encriptación anticapitalista.

Responder a la propaganda del poder no ayuda a su difusión avivando su fuego, como algunos creen, sino que lo contrarresta, pues opone una visión del mundo a otra, creando así una posibilidad de elección de ideología en el público, incluso en aquel al que «no le interesa» la política.

La gran suerte que tuvo el señor Edward Bernays —cuya obra recomiendo a los que todavía penséis que la propaganda es inocente— es que no encontró en el enemigo alguien que pudiera generar un discurso a la contra con la suficiente gracia.


sábado, 3 de noviembre de 2012

Mi propia casa


Con el paso del tiempo, en vez de ir acostumbrándome a la presión, me siento más y más indefenso, porque fracasar todo el rato, intentando lo que intente, hace que ya no tenga ganas de volver a intentarlo. Sé por qué la presión aparece, pero no tengo ni idea de por dónde viene, y es ahí donde me vence. Así que el problema, como siempre digo, es espacial: la huida, la caída, la ascensión, la ida, la vuelta, salir, entrar, encontrarse…

Pero no, no es verdad que esté del todo indefenso. Me lo está diciendo el que avance mientras escribo. Es simplemente que llevo mucho tiempo sin hacerlo. Solo hay un modo para mí de emprender este viaje por el que canalizo la presión y que se supone que es imbloqueable. El camino al trabajo, poner la lavadora, el rutinario no poder pensar, etc. solo lo hacen borroso. Escribir me permite coger la presión con las dos manos y apoyarme en ella para ascender, para ser yo mismo. Porque no puedo ser otra cosa que mi control sobre mí.

Ya no estoy en el sitio desde el que empecé el párrafo anterior. De hecho, no estoy de acuerdo ni con el primero. El viaje es corto, pero radical, porque al llegar el lugar es siempre otro y mi relación con la presión cambia completamente.

Doy por perdida mi batalla porque mi objetivo era eliminar al enemigo, y eso es imposible para mí. Me resigno a convivir con la presión de un cierto modo. Como convive alguien con su cansino hermano siamés, pero teniéndolo entretenido fregando los platos.