domingo, 13 de febrero de 2011

Viaje insoportable


Por Filósofa Frívola

Las aventuras de Currito Esbrí en...

Viaje insoportable

Lo que realmente ocurrió (pila de platos por fregar)

Lo que percibió Currito Esbrí

«Las paredes crujen. Los cimientos de la torre de porcelana barata comprada en cualquier chino gritan y se estremecen. Silencio. El agua recorre sus oscuros rincones y los espacios roñosos que hay entre mis dedos»

Lucía
11-Feb-11

jueves, 10 de febrero de 2011

Ejemplo inventado para explicarme


Lo suyo sería levantar un folleto de publicidad de la mesa y, como en una mala novela negra, descubrir que alguien, en algún lugar, ha muerto. Pero sin que ese movimiento simple sea un indicio, sin que haya nada detrás del folleto de publicidad. Simplemente un gesto simple.
Y que ese alguien que ha muerto sea una persona que ha muerto de verdad, pero uno que el narrador no conoce, ni el personaje conoce, ni nos interesa su identidad. Alguien que ha muerto, sin duda —todo el mundo sabe lo que esto significa—, y uno obtiene ese conocimiento en el mismo momento en que levanta un folleto de publicidad de la mesa del recibidor, y queda sobrecogido, paralizado por el dolor.
Puede que mientras tanto los niños griten en el parque del otro lado de la calle. Que el sol rebote en la fachada de enfrente y haga arder los hombros del personaje. Quizá un segundo atrás se haya arrepentido de una palabra diminuta en una conversación amplia o de una frase entera, o de una conversación entera. Y después, al mirar el parque, piense que un niño, visto desde los ojos de una madre, también puede ser insoportable, aunque sea por un segundo. Diría esa madre:
—¡Te comería a besos!
E inmediatamente después, porque ha tenido lugar un pequeño cambio:
—¡Te vas a la cama sin cenar!
¿Por qué no? Es angustiante pensar en lo insensibles que todos nosotros somos. Por alguna razón que no entiendo, me resulta imposible sentir la muerte de nadie cuando levanto un folleto de publicidad de la mesa del comedor para ojearlo porque sí, porque no tengo nada más a mano. Entonces toca escapar del sofá, pensar que es para matarme, que son ya las siete, buscar un bolígrafo y escribir esto.

sábado, 5 de febrero de 2011

Calle de Cartagena, 1

Ha dejado de llover hace poco y siento el frío en las mejillas y en los ojos. Los coches reclaman su vasto espacio y me agarro a la acera para caminar sobre ella. Pronto oigo más pasos a mi alrededor. La calle de Cartagena está siempre llena de gente. Casi nunca se repiten sus caras, pero todas me son familiares por el mero hecho de pasar por allí, de compartir un espacio que nos es cercano a todos. Pero compartimos aún otra cosa.

Los pasos siempre se dan dos veces. Al menos son dos los espacios que recorremos cuando andamos por la calle de Cartagena. Es por eso por lo que los espejos nos fascinan, aunque ya hayamos aprendido a ignorar esa fascinación. La representación de un espacio doble que ellos nos ofrecen guarda una parte de verdad. Del mismo modo que cuando nos duchamos no solo nos limpiamos por fuera, andar por la calle es avanzar también hacia dentro.

Comparto esto con todos mis compañeros de viaje. Les miro a los ojos con respeto porque no es cualquier cosa recorrer esta calle, aunque hayamos aprendido a no darle importancia, como con los espejos; y porque también son yo, soy ellos.

domingo, 30 de enero de 2011

Primera llamada

Diego abandona el cuarto de baño, recorre el pasillo y, de repente, sale Lara de la cocina cerrándole el paso. A simple vista ya es evidente que no ha atendido a su aspecto desde hace un buen rato: algunas manchas de su jersey quieren dejar de ser nuevas. «Otra vez tiene la mirada de espaldas», piensa Diego. Por más que lo haga hacia fuera, hacia él ahora, Lara no puede mirar en ese instante a otro lado que no sea hacia dentro.
—Creo que ya sé por dónde entran —dice.
—¿Tengo que ser siempre yo quien coja el teléfono, aunque esté en el cuarto de baño? —replica Diego.
Algunas veces se diría que, pese a vivir juntos, Diego y Lara habitan planetas distintos.
—Hola, soy Lucero —una voz dulce y femenina al otro lado—. Llamaba por lo del anuncio.
—Pero tú no eres de Madrid, ¿verdad? —le contesta Diego.
—Eh… No, soy de Jerez.
—Entonces ahora no estás en Madrid.
—No… Bueno, ahora estoy en Sevilla.
—Y me llamas desde Sevilla.
—Eh… Sí —pausa—. Por lo del anuncio.
—Y ¿cuándo vas a estar en Madrid?
—Dentro de unos días.
—Pero ¿para quedarte?
—Eh… Sí —pausa—. Ya sabes. Llamaba por lo del anuncio.
—Vale, pues cuando estés en Madrid hablamos, ¿no?
—Pues, sí, claro.
—Bueno, hasta luego.
—Oye, que…
Diego cuelga y oye ¡zis, zas! El sonido viene de la cocina. Asoma la cabeza y ve a Lara arrodillada junto al respiradero con un destornillador en una mano y una esponja en la otra. Normalmente Diego piensa que ella está equivocada y es él quien lleva la razón. Ya ha manifestado en alguna otra ocasión sus opiniones sobre aquel respiradero. Existe por el gas, para evitar una explosión o la muerte por asfixia, y está arriba y abajo. «Que esté por duplicado es importante», piensa. «El que está abajo también protege la casa de una inundación».
—¿Es que no lo entiendes, Diego? —dice Lara de espaldas a él y haciendo ¡zis, zas!—. Es por Sergio… ¡No puedo quitármelo de la cabeza!
Diego baja la vista arrepentido. Ahora le cuesta entender qué puede haber de gracioso en hacerse pasar por tonto con una desconocida que llama a casa.